Anteayer volvía caminando del laburo con rojas y, a la altura de pueyrredón, iniciamos una breve charla sobre tropezones que son caídas. Allí se me vino a la mente la mejor caída que haya tenido hasta este momento.
El evento al que me estoy refiriendo ocurrió hace ya unos cuantos años –por lo menos 15- y contó con esos pequeños detalles que, en una hipotética entrega de oscars a las caídas del año, lo harían merecedor, como mínimo, de participar en la terna por la categoría mejor papelón.
Para que una caída se transforme en papelón, deben darse ciertas cosas. La primera es que no sea producto de un tropezón accidental, por ejemplo por una disfunción física personal o un obstáculo urbano, sino de una situación contextual generada por el propio damnificado. La segunda es que del evento participen personas que, a lo largo de los años posteriores, se encarguen de recordarlo burlonamente cada vez que la situación lo amerite (incluso pueden existir personas que no hayan estado presentes físicamente en el momento pero cuenten la anécdota como si la hubiesen vivido en carne propia… yo creo que este tipo de situaciones particulares tienen una capacidad oculta para colarse subrepticiamente en colecciones de anécdotas ajenas y garantizar así su relato eterno).
La anécdota en cuestión ocurrió en algún momento -que infructuosamente he tratado de olvidar- a mediados de los ‘90, en pleno auge del paddle, cuando la mayoría de las veredas de buenos aires solían contar con un diseño estándar del tipo ochava-kiosco-cancha de fútbol 5-cancha de paddle-kiosco-fichines-cancha de fútbol 5+paddle-bar-ochava, y nuestro país se transformaba en potencia de un hasta allí ignoto deporte.
Fueron épocas en las que mis amigos y yo nos dábamos a la práctica semanal del sexto deporte con paleta más popular del mundo. Las canchitas palermitanas fueron gloriosos testigos de todo el sudor vertido en momentos de mayor agilidad y capacidad pulmonar que la actual. Incluso, nuestro efímero fanatismo nos llevó a asistir a clases particulares, aprendiendo conceptos, tácticas y estrategias que comenzaron a ser olvidadas en el mismo instante en que quebró la primera cancha de paddle producto de la crisis económica y la saturación de oferta.
Como introducción a la anécdota en sí, debo aclarar que, pese a cierta imagen de tipo tranquilo que históricamente me ha acompañado, muchas veces puedo resultar un cabrón. Las derrotas deportivas eran una de las situaciones que agitaban esa faceta oculta de mi personalidad. Y durante un partido de paddle, la principal damnificada era, lógicamente, la paleta. Una hermosa paleta prince negra con detalles azules cuya dignidad y materialidad se han visto mancilladas una y otra vez en vuelos rasantes hacia el piso, la pared, la red o cualquier otra cosa que se interpusiera entre mi enojo y el punto de descarga.
Indudablemente, ese día la derrota parcial me estaba afectando más de lo habitual. Eran de esos partidos en los que no te sale una: si tirás un globo, se te pincha; si le pegas con slice, la paleta no habla inglés; si rematás, alguien da más y se-remata-a-la-una-se-remata-a-las-dos-se-remata-a-las-tres… Si existen los días deportivos para el olvido, éste sin dudas se llevaba todos los números. Cada error, entonces, venía procedido por una descarga energética negativa en las más diversas formas: epítetos agraviantes hacia la paleta, insultos hacia divinidades varias y parientes en distintas escalas genealógicas, calumnias e injurias hacia mi propia persona, lanzamiento olímpico de paleta y otras que prefiero no recordar.
En estas situaciones, sólo existe una cosa que puede potenciar aún más la bronca. Me refiero a la injerencia de los demás jugadores en una batalla que es puramente personal. Esta injerencia puede estar basada en actitudes bienintencionadas, intentando serenar la tormenta interna que se ha apoderado de uno (generalmente esto es realizado por quien, muy a su pesar y soportando estoicamente no sólo la derrota sino las vergonzantes actitudes de uno, ha sido elegido como pareja del partido). Pero también están los otros (por descarte, la pareja contraria) que con sus pelotas cruzadas, sus festejos medidos, sus silencios y sus imperceptibles muecas socarronas elevan nuestra temperatura a una escala inapropiada.
A esa altura, el cóctel ya era explosivo. Mi enojo era superlativo y empezaba a resultarme verdaderamente difícil no repetirme en las formas de descarga. Incluso en esos momentos de bronca inusitada, uno no debe perder la capacidad de renovarse, de dar algo más de sí. Los enojos desplegados hasta allí ya no me satisfacían y mi inconsciente me animó a ir más allá, a establecer un nuevo estándar en exteriorización de broncas internas. Entonces ocurrió. Una pelota más a la red, la impotencia recorriendo cada centímetro de mi cuerpo, la incapacidad de encontrar agravios que canalizaran eficientemente la angustia… Mi cerebro se desconectó por un instante, el cuerpo ya no me respondía. Fue así que veo a mi pierna izquierda elevarse a la altura de mi cintura y golpear la pared con la suela de mi topper blanca… Pero no, para toneladas de bronca, una pierna no resulta suficiente… Entonces, sólo un segundo después -quizás menos- diviso a mi pierna derecha repitiendo, como si fuese un espejo, el movimiento de su miembro compinche…
El mundo se detuvo en ese instante… Las dos suelas golpeando la pared, el cuerpo suspendido en forma paralela al suelo a una altura cercana al metro… Mi cerebro reconectándose, los pensamientos fluyendo y, de pronto, la claridad mental. Mientras caía al suelo, me acordé de Newton y la bendita gravedad. Yo era la manzana, y el suelo me esperaba ávido de comprobar una nueva teoría: para papelones inolvidables, nada mejor que un pelotudo enojado.
No sé si me dolió más el golpe contra la verde carpeta de cemento o las risas contenidas de quienes tuvieron la suerte de vivir un momento tan glorioso. Creo que hubiese preferido verlos descostillados en el piso a sentir aquel falso respeto por un papelón de condiciones tan escandalosas. Ver sus caras intentando no explotar en carcajadas más que obvias y entendibles mientras intentaban convencerme para que no me vaya de la cancha, fue aún más hiriente que el dolor que había copado mi espalda. Debo reconocerlo, me hubiese gustado estar en su lugar y, seguramente, no hubiese sido tan respetuoso.
Hoy, más de 15 años después, cada vez que en una reunión de amigos se atisban las charlas sobre papelones, yo sin éxito intento cambiar de tema. Mientras mis oídos escuchan el tan temido “contate la del pádel”, un frío me recorre la espalda y una puntada en la nuca me dice que el fantasma del paddle otra vez nos ha quebrado el punto, se ha puesto match point y seguramente nos clavará un ace pegado a la pared que dejará en evidencia lo injustos que hemos sido al intentar olvidarlo.
Fefe...
ResponderEliminarGracias por recordarnos tan buenos momentos.
jajajajjajajajaja
Tuve la suerte de poder estar presente ese dia y como bien vos decis, sera uno de esos recuerdos que siempre estaran preparados para ser contados cuando la situacion lo permita.
Abrazo y segui adelante con este nuevo espacio......
juli querido, esta anécdota no se la olvidaría ni el muchacho de memento...
ResponderEliminarAlguien... q yo conozco... disfrutó burlandose de mí (reiteradassss vecesss), sobre cierto speed con melon que "le dio un toque de color" a mi jean, minutos despues de conocernos. De haber sabido este episodio...!! Se equilibraba la balanza!!
ResponderEliminarperdon, nadie piensa reparar en el hecho de tomaba "clases particulares de paddle" ?!!!!perdon, juaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa
ResponderEliminarprimera vez que me cuentan una historia que habla de la ley de gravedad y no tiene que ver con la caida de las cachas de nadieeeeeeee...groso.
ResponderEliminarcoincidiendo en el tema de la apropiación de anécdotas ajenas me atrevo a contar una: un amigo que estudió en canadá tenía una novia angloparlante, la cual se excitaba y le pedía que mientras cogían le diga cosas en castellano.y él cumplía y le decía cosas como MILANESA CON FRITAS A CABALLO o 1, 2, 3, 4, 5... o QUE FEA QUE SOS, NUNCA ME COGI UN BAGAYO COMO VOS a lo que mina en su ignorancia respondía oh muy good...
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