lunes, 30 de noviembre de 2009

Noches de escapismo cómplice

Pasaron un poco más de dos años desde la anécdota que me llevó a escribir esto. El contexto, esas amistades que nacen de la nada y terminan siendo todo; esas cosas que no tienen mucha explicación, ni tampoco la necesitan. A veces, basta con que dos personas crucen sus angustias momentáneas, las mezclen con una pizca de hierba y cerveza, y con un simple toque de horno, cocinen una relación de esas que perduran. Así surgió la amistad con la muchacha de apellido tembloroso.

Compartimos varias tardenoches de cerveza, faso, dolina, lost, tarot, charlas profundas y no tanto. En una de esas noches, de tópico libros, le contaba algunas sensaciones cuando, unos años atrás, leía un libro de brian weiss. No lo recuerdo bien pero, seguramente, si estaba leyendo algo sobre terapia de vidas pasadas o bien estaba muy al pedo y no tenía otra cosa a mano, o bien estaba en esos momentos de extravío emocional en los que uno puede llegar a sacarle algo útil hasta a un libro de coelho (creo que era esto último, lo cual por suerte sólo me pasó escasísimas veces… no lo del extravío sino lo de acudir a textos de dudosa autoayuda).

Recuerdo que, por alguna misteriosa razón, aquel libro me estaba pegando mal. No me aportaba absolutamente nada que me ayudara a pasar el momento, pero me resultaba sumamente interesante la idea de que todos los mambos actuales de uno podían ser explicados a través de las miserias vividas justamente por uno mismo siglos atrás (algo así como una justificación retroactiva), en el cuerpo de un campesino rumano del siglo 18, un soldado alemán de la primera guerra, un tehuelche que se le viene la conquista del desierto encima o todo lo que se nos puede llegar a ocurrir que existió en este mundo antes de que un desconocido con barbijo nos palmease la espalda y pegásemos nuestro primer llanto.

Estaba tan ensimismado en el libro que, una vez, mientras iba en el colectivo absorto en la lectura, tuve que cerrarlo porque me empecé a sentir mal. No era la clásica sensación de mareo que uno puede sentir cuando lee en un medio de transporte, o cuando viaja mirando en el sentido opuesto en que se dirige el vehículo. Era otra cosa. Como si la hipnosis que el señor weiss usaba en sus terapias para transportar al paciente a sus episodios anteriores, ejercía su efecto en mí a través de las letras del libro. Comencé a sentirme mal, aunque mejor sería decir que me perseguí.

Estando en el bondi sentía que, si seguía leyendo, mi capacidad de razonamiento me abandonaría y mi mente se nublaría para siempre. Y durante los días siguientes, el chofer intentaría sacarme del sopor al grito de “¡terminal, pibe!”, hasta que su falta de paciencia, su desinterés o su compasión lo obligasen a declararme pasajero eterno de aquel colectivo.

Luego de eso, pasaron unos cuantos días hasta que volví a agarrar el libro. Lo intenté un par de veces pero el efecto hipnótico aún seguía allí, agazapado, listo para sumergirme en vaya uno a saber qué vida pasada. Si hace unos siglos fui hidrófobo en venecia, no era algo de lo que me quería enterar en un 141, yendo a puán.

Mientras le contaba esto a mi amiga de apellido tembloroso, buscaba una frase, un concepto que definiese la sensación vivida.

A través de un minucioso trabajo mental en conjunto y bajo los efectos de los estupefacientes ingeridos, creamos un concepto que lo resumía todo.

Yo intentaba explicar de alguna manera esa sensación de pérdida del rumbo mental. Así surgió la primera mitad de la frase: “Me fui de mí”. El cierre justo lo aportó ella, comprendiendo a la perfección mi temor a quedar en estado catatónico para siempre: “…y no sé si vuelvo”.

- “Me fui de mí y no sé si vuelvo”...

La rotura de cabeza que experimentamos los dos ante aquel descubrimiento discursivo fue instantánea. En unos pocos segundos de lucidez inusitada, habíamos hallado una frase que reflejaba algo que ambos, sin saber bien cómo expresarlo, estábamos deseando fervientemente: escapar de nuestra situación presente, encontrar un poco de paz fuera de nuestra enroscada mente, sacar un pasaje abierto y volver a nosotros cuándo se nos viniese en ganas.

En ese momento, la charla específica sobre los libros quedó automáticamente de lado. Ya no importaba brian weiss, las vidas pasadas, el 141 ni cómo habíamos llegado a eso. No había lugar más que para empezar a filosofar sobre nuestra reciente creación. La repetimos, sonreímos, nos vanagloriamos. Habíamos encontrado una contraseña bipersonal de 22 caracteres (30 si contamos los espacios), imposible de olvidar y con acceso directo a un mensaje rápido sobre nuestro estado de ánimo.

Esa noche fue seguida por encuentros felizmente monotemáticos, intercambios de libros, dedicatorias, y la complicidad de quiénes saben que encontraron algo que les pertenece sólo a ellos.

Poco más, poco menos, pasaron dos años desde aquella noche. La complicidad con mi amiga de apellido tembloroso sigue intacta, tanto que hace un rato nomás volvimos a recordar ese momento.

Hoy, que estoy de ánimo tambaleante, necesitaba escucharla –o leerla- diciéndome esa frase. No falla nunca. Ella está ahí para decirla, la frase está ahí lista para ser dicha, textual o renovada. “Caminá sobre vos” leí… mi ánimo hizo pie y la sonrisa cómplice salió al instante.

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