Teorías incomprobables sobre el surgimiento de miserias humanas en situaciones innecesarias
Tengo la teoría, nunca comprobada hasta ahora y difícilmente comprobable a futuro, de que existen dos situaciones particulares que sacan lo que vulgarmente se suele denominar como “lo peorcito de cada uno”. Estas situaciones serían:
1. La espera de un micro de larga distancia en plan vacaciones y el viaje hacia destino (aplicable tanto al viaje de ida como al de vuelta)
2. El momento inmediatamente posterior al que el pibe del delivery toca el timbre durante una reunión de amigos en un departamento ubicado en una planta que, en ningún caso, debe ser la baja
Por cuestiones de espacio y respeto al cansancio del lector, dividí este esclarecedor informe en dos partes. Aquiles va la primera...
El que espera, exaspera…
Jamás entendí muy bien cuál es el proceso psicológico que tiene lugar dentro de uno en circunstancias de espera-viaje, y nunca lo he consultado con un especialista pero, casi estadísticamente, cuanto más se acerca el horario de partida del micro, más tenso es el rictus facial de la persona que espera y mayor es la andanada de pensamientos negativos, que se extienden aún al momento mismo del viaje y transforman una experiencia que a priori debería ser agradable, en un verdadero martirio. Estos pensamientos premonitorios siempre rondan en torno a los mismos factores:
a) el micro nunca va a llegar a la plataforma,
b) si el micro llega a la plataforma, seguro es de los llamados refuerzos, más parecidos a un 1114 o a un escolar que al coche cama que nos costó el ojo izquierdo de la cara,
c) si logramos subir al micro, nuestro asiento ya ha sido ocupado por otra persona y cómo señora si yo también tengo este asiento,
d) el asiento en suerte está ubicado en ese sitio inhumano, esa zona desconocida, esa franja de gaza localizada junto al baño, constantemente atacada por armas bacteriológicas y químicas, y delimitada por ese muro de los lamentos que es la pared trasera del micro, obstáculo insalvable a la hora reclinar el asiento con un ángulo superior a los 97°,
e) si el micro se detiene en algún parador, uno no podrá comer una milanesa con fritas o tomar un café con leche con dos medialunas tranquilo sin tener que relojear permanentemente la presencia física del micro, para evitar ser abandonado en medio de una ruta fantasma de santiago del estero (nunca conocí a nadie que le haya pasado, pero creo que una técnica apropiada para garantizar que esto no ocurra, es identificar al chofer y sentarse en la mesa contigua, o bien comprarse un sánguche y comerlo junto al micro sin distraerse ni sacarle jamás la vista de encima o mejor aún, como caso de obsesión extrema, no bajarse nunca del vehículo),
f) si por cuestiones de recorrido ya estipuladas el micro se ve obligado a detenerse en terminales intermedias, en las cuales se abren los buches para que el pasajero que allí tiene destino retire su valija, y si encima esas terminales tienen una estadística –real o inventada- de alto porcentaje de choreo, uno no seguirá viajando tranquilo hasta que la sospecha de que su equipaje ha sido robado sea disipada por el suspiro que acompaña a su visualización y entrega en condiciones sanas y salvas en el destino final propio,
g) cualquier detención del micro en el medio de la ruta, ya sea porque el chofer quiso vaciar el mate, mear mirando las estrellas, sacar el cassette de gilda y poner el de conejito alejandro o rascarse las pelotas tranquilo, se traduce inmediatamente en levantarnos levemente del asiento, acercar la cara al vidrio de la ventanilla a una distancia no mayor a los 2 milímetros y poner la cabeza en un ángulo casi inhumano, envidia de la poseída de el exorcista, para tener un campo de visualización tal que nos permita adivinar lo que ocurre en los alrededores de la cabina de choferes (si el asiento que nos tocó en suerte es el indeseado pasillo, se suele iniciar una mini conversación con el acompañante de turno en pos de obtener algún dato sobre la estaticidad del vehículo y, ante la vaguedad de las respuestas del temporal compañero en desgracia, terminar en el razonamiento casi universal y poco filosófico de “ta que los parió, se rompió este micro de garompa”),
h) el entusiasmo por ver una película que haya sido filmada como mínimo en la década de los 90, no empiece con la propaganda de gativideo ni continúe con la del flagelo de la piratería y el video del marajá de san telmo siendo expulsado de la videocasetera para luego explotar en pos de enseñarnos una lección moral de dudosa aplicación cotidiana [en tu honor maxi], se disipa en el mismo instante en que el primer título que aparece en pantalla nos regala la “última” del rompebrazos steven seagal, el actor preferido del sindicato de conductores de micros…
Podría seguir enumerando una infinidad de obsesiones que injustamente están quedando fuera de la lista, pero en este preciso momento el chofer me está apurando de mala manera para que suba al micro, como si fuese el fin del mundo… será de dios.
Muy interesante teoría...
ResponderEliminarHay una similar titulada La espera, en "Fragmentos de un discurso amoroso" de Roland Barthes, divertida, verdadera pero menos original que la del micro, que siendo más mundana me llevó a identificarme profundamente.