Mis catarsis nocturnas no suelen ser así. Generalmente, incluyen una alta dosis de silencio, mucho pensar –demasiado a veces… casi siempre- y un desgaste físico nulo. Para explicarlo gráficamente, sería el clásico estar tirado en la cama mirando el techo durante un largo tiempo. Hoy decidí ver qué tal resultaba darle entidad escrita, lo que, palabras más, palabras menos, significa descubrir si el word resulta un mejor psicólogo que el cielorraso.
Lo primero que tengo que aclarar es que mi cabeza está siendo taladrada por sabina (primer error; en realidad, segundo, porque hasta hace un rato estaba escuchando silvio) y me encuentro absolutamente rodeado de todo tipo de mosquitas y mosquitos (más de lo segundo que de lo primero) sin un espiral (tercer error, o segundo si les parece que el combo sabina-silvio no son dos errores sino uno solo) y aplaudiendo al aire a razón de un aplauso cada dos palabras escritas (como dice mi vieja, “si no los matás, por lo menos los dejás sordos”). Así que todo lo que pueda escribir está mediado por estas condiciones ambientales. Además, creo que me excedí con las aclaraciones entre paréntesis (aunque me gustan como quedan).
[En este preciso instante me acabo de romper la mano contra la mesita de luz intentando matar una mosquita. No sólo me dejé momentáneamente inmóviles dos dedos sino que el insecto ha salido indemne, en vuelo triunfal y circular hacia la luz del velador]
Este es el contexto. No es gran cosa, realmente, aunque tengo un flancito en la heladera y eso siempre mejora un poco el panorama. No tengo sueño, lo cual es ideal para seguir escribiendo, pero sospecho que en realidad me gustaría estar filtrado, dormirme al instante y soñar con el nano serrat diciéndome “mañana puede ser un gran día”.
Van cuatro párrafos, 298 palabras y aún no dije nada.
A ver. Ya que traje a colación a sabina, digamos que hace ya unos cuantos días estoy más para calle melancolía, que para más de cien mentiras, con la excepción del feliz veranito de la semana pasada en la que luego de diez largos años me otorgaron la licencia para historizar (temblá, pigna, temblá).
No se asusten. No voy a hacer una exposición pública de mis angustias ni ando buscando comentarios levantaánimos debajo del post. Más que nada porque hace tiempo –bastante- me vengo dando cuenta que mis angustias son copias fieles unas de otras (así que el que alguna vez conoció mis clásicas angustias, ya sabe de qué hablo, y yo ya sé qué me va a decir). Es decir, los motivos, las actitudes, los razonamientos, las formas de entrar y salir de esas angustias son siempre los mismos… sólo les falta la firma certificada por escribano acreditando un 99,9 por ciento de similitud. Lo cual me lleva a pensar que indudablemente algo está siendo mal encarado (no digan nada pero de esto también ya me había dado cuenta hace tiempo… sólo me estoy haciendo el sorprendido para ganar un poco de tiempo).
[Pausa para flan]
Ahora, por una cuestión arbitraria de que soy yo a quien se le ocurrió esto y escribe al respecto -es decir, porque se me canta-, voy a dar por sentado que a la mayoría nos pasa, o nos pasó alguna vez, más o menos lo mismo, lo cual por otra parte es tranquilizador… no por una cuestión de mal de muchos, sino porque tener siempre angustias diferentes sería un calvario, y no tener angustias, una película de disney.
El nudo de mi razonamiento sería el siguiente. Uno en la vida se enfrenta a infinidad de situaciones similares, que en este caso expresaremos en conjunto con la letra A. Para encarar esas situaciones de tipo A, existen a su vez una infinidad de decisiones y actitudes, que pueden ir desde la B hasta la Z, siendo B la más cobarde y Z la más audaz.
Supongamos que, años atrás, uno encaró una situación A desde una actitud B. No le fue bien. Lógico. Salvo honrosas excepciones, que pueden tener más que ver con una cuestión de supervivencia real, las actitudes cobardes no suelen dar buenos resultados. Entonces, si B no resuelve A, se sacan las conclusiones pertinentes, se reconocen los errores y a otra cosa báterflai.
Al tiempo, se vuelve a presentar otra situación de tipo A. La experiencia indica que la actitud B no es la adecuada. Pero aún los cálculos de probabilidades y estadísticas no están bien aceitados y, por razones que escapan a las ciencias exactas, la actitud B vuelve a ser ponderada, aunque quizás con una mínima tendencia a C. No resulta suficiente, está claro, y la situación A vuelve a ser mal encarada nuevamente.
Dos situaciones similares, la misma actitud y el mismo resultado. La lección es obvia. O no. Si esto ocurre de dos a tres veces más, a preocuparse. Hay otras variables en juego que se nos están escapando del análisis. Principal variable: cobardía innata. Variables secundarias (poco probables): analfabetismo, mala suerte, deficiencia mental, somnolencia.
Estoy siendo un poco críptico quizás. Siempre es mejor dar un ejemplo. Pero no creo que sea conveniente. Sea cuál sea el ejemplo que dé, y aunque jure y perjure que no hace referencia a mi persona, no me van a creer. Así que cada uno se imagine la situación que mejor le venga al caso y vamos con esa.
Lo que preocupa es la persistencia de la actitud B. Un psicólogo se sacaría el problema de encima y diría: “Ajá, mmmh (ruido de lapicera escribiendo en libretita), bueno, lo que pasa es que usted tiene miedo a arriesgarse”. Chocolate por la noticia. Un año de diván para escuchar semejante perogrullada. Desde que uno tiene uso de razón se da cuenta que arriesgarse genera miedo escatológico.
Lo que no es tan obvio y ningún profesional te sabe explicar es lo siguiente: si no arriesgarse (en sus diversas variantes, también conocidas como actitudes B a F) genera siempre peores resultados que arriesgarse (actitudes G a Z), y uno está plenamente consciente de eso, entonces por qué se sigue transitando el camino de B a –con suerte- F, y viceversa.
La explicación más sencilla, lo dijimos, es el miedo. Tiene que haber algo más que eso. Todo bien con el cuentito del miedo, cierra por todos lados y, esgrimido con argumento, puede ser una excusa imbatible. Pero cuando hay persistencia, ya no hay miedo. El miedo es compañero de la novedad, no de la repetición. La excusa del miedo te salva la primera vez, no la segunda, ni la tercera…
Realmente no tengo una respuesta para esto. Por eso es que debo ser un gran implementador de actitudes B a F.
Eso sí, si a alguien le interesa el dato, me da la sensación que la catarsis nocturna a través del word es un poco mejor que el avistamiento prolongado de techo. Por lo menos en lo que a catarsis se refiere, creo que ya estoy en actitud D o E.
Ajá,.. mmmm... (libretita). Amigo, pareceria que el problema es que a Usted le da miedo siempre lo mismo!.
ResponderEliminarQue copada nota! Obvio que a todos nos pasa sentir angustia... yo lo defino como una piña en la boca del estómago que nos despresuriza hacia dentro... o no? Congrats!