Hace pocos días volví de mi viaje de vacaciones. Como hace unos cuantos años, retomé las travesías del tipo mochilero, aunque aggiornadas a los tiempos y las edades que corren. Como ya comenté en algún post anterior, la idea de un viaje al estilo "campamento", es decir, aquel que involucra carpa, bolsa de dormir, calentador y sufrimiento, ya no es ponderada bajo ninguna circunstancia. La tendencia actual –y la mejor forma de viajar a mi entender- es colgarse la mochila, eso sí, pero internamente no aceptar dormir en menos que una habitación, y si es con baño privado, mejor.
En los días previos a que la riccieri me lleve sin escalas a ezeiza, sentía que por fin estaba dejando un par de mochilas en buenos aires y cargándome sólo la de viaje –sin dudas, la mochila que más feliz me hace-. Y a la vuelta, sentí que durante esas tres semanas ecuatoperuanas reencontré algo que durante el año pasado había ido perdiendo. No resulta muy fácil explicarlo en palabras, ni siquiera en palabras escritas, que justamente tienen la ventaja de poder ser escritas, rescritas, borradas y recuperadas, sin dejar rastros de anteriores formas erróneas de expresión. Por decirlo de alguna manera, creo que fue más bien una sensación de “volver a mí”, recuperar algunos estados de ánimo ausentes en el último tiempo y, en cierta forma, amigarme conmigo mismo.
Siempre sentí –y sigo comprobando, viaje tras viaje- que el estado de viajar es el que mejor me sienta, aquel en el cual estoy más cómodo. Obviamente, estoy hablando de un estado que roza lo ideal y que, por esa misma razón, es efímero, lo cual implica el desafío de transformar esas sensaciones que uno va acumulando durante el viaje, en un estado de ánimo permanente. No es sencillo y, muchas veces, todo queda en un impulso inicial, una acumulación de energías que, con el correr de los días, se va desgastando por el peso de las preocupaciones cotidianas que se quedaron en la ciudad esperando nuestra vuelta.
Afortunadamente, algunas veces, uno logra que ese estado de ánimo muestre intenciones de permanencia. Entonces, se tiene la suerte de poder disfrutar un paseo por las librerías de corrientes como si uno estuviese caminando por una playa en el pacífico y se conservan esas ganas de yirar de aquí para allá sin saber qué hay aquí o allá, de tomarse el tiempo de elegir el regalo adecuado para las personas que uno quiere, o de sentarse en cualquier bar a tomar una helada cerveza nocturna.
Seguramente, lo ideal –por no decir lo más barato- sería no tener que tomarse un avión a más de cinco mil kilómetros de donde uno vive para reencontrarse con todas estas sensaciones. Pero tampoco es cosa de andar cuestionando las formas en que uno apunta a la plenitud, sino tan sólo asegurarse de tener buena puntería.
siempre digo que mi yo más puro, cuando soy 100 por ciento yo, incluso me siento mejor persona es cuando viajo. esta entrada me identifica en cada uno de sus párrafos y ensayo de este ánimo será que cada acto de la vida sea un viaje.
ResponderEliminar