martes, 9 de febrero de 2010

Profanando un sitio sagrado

Advertencia al lector: la siguiente historia se inscribe en la categoría anécdota escatológica. Si es una persona fácilmente impresionable, proclive a sentir asco ante la simple mención de palabras como cagar y sus derivados, le recomiendo no continuar leyendo. Caso contrario, que la disfrute, si es posible aplicar un verbo semejante a una historia como la que narraré a continuación.

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Año: 1996.
Mes: enero.
Lugar: macchu picchu.

Luego de un primer viaje de mochilero a chile en el año 1995, al año siguiente el destino me llevó al norte argentino, bolivia y perú, en épocas en que la proliferación de argentinos por aquellos lares no era tan común como en la actualidad y las condiciones de viaje se presentaban un poco más duras que las contemporáneas.

Mis compañeros de viaje en aquella ocasión eran mi hermano, su novia del momento, su cuñada del momento y la amiga de su cuñada del momento. Un grupo de cinco, más los ocasionales acompañantes que uno encuentra en este tipo de travesías. Fue casi un mes y medio, que nos llevó desde jujuy hasta cusco, con escalas. El destino final: la gloriosa ciudadela de macchu picchu, la ciudad sagrada de los incas, una de las grandes maravillas del mundo, un lugar que luego de ese fatídico año de 1996 ya no volvería a ser el mismo.

Como la mayoría de las personas que planifican ese recorrido, luego de unos días de disfrutar de la maravillosa cusco y sus alrededores, partimos en tren hacia macchu picchu, en un bello trayecto selvático que preanunciaba la majestuosidad de lo que estaba por venir. Una vez llegados a aguascalientes, el pueblo al pie de la ciudadela inca, una combi nos acercó hacia la entrada a la misma. Es difícil explicar lo increíble de ese lugar, y más difícil aún es explicar las sensaciones internas que comenzaron a apoderarse de mí en ese instante.

No había dudas. Una nefasta combinación gastronómica-fisiológica estaba comenzando a hacer estragos en mi humanidad. Lo que había comenzado como un día ideal, tornábase rápidamente en un clásico momento del tipo ‘esto no puede estar pasando’… Para decirlo mal y pronto -y pidiendo disculpas de antemano por la siguiente expresión, y por las que vendrán después-, en el mismo instante en que entré a macchu picchu, empecé a sentir que me cagaba encima, y no precisamente de la emoción, sino por esa nefasta combinación mencionada anteriormente (mi estómago recién tenía dos viajes encima y aún no había adquirido su capa de amianto que lo protege hoy ante la ingesta de alimentos de dudosa procedencia y calidad).

Lo repentino de la sensación me hizo pensar que, quizás, así como de rápido había aparecido, con igual velocidad iba a retirarse. Esta idea me permitió sobrellevar la situación unos minutos. Con mi mejor sonrisa falsa de ‘no saben cómo estoy disfrutando este momento’ (una verdadera lástima, porque realmente era un momento muy esperado), comenzamos la excursión. La esperanza de alivio se disipó rápidamente y, para colmo de males, el guía que nos tocó en suerte realmente no hacía la situación más llevadera, ya que era un bodrio y no lograba que conectase mentalmente con lo que me estaba contando ni pudiese evadirme aunque sea por un rato de los pensamientos negativos que copaban mi cabeza.

Así las cosas. En el medio de la ciudadela inca, con un guía insufrible y sin un baño relativamente cerca, empecé a ingresar en un estado de cuasi desesperación estomacal, genéricamente representado por puntadas cada vez más permanentes, un sudor incipiente, un leve temblor corporal y un caminar acalambrado. Cabe aclarar que mi intención fue disimular este estado lo más que podía, no tanto por mi hermano, sino por el plantel femenino, al cual no quedaba bien andar explicando que uno se sentía como si estuviese siendo carcomido internamente.

En un momento, la situación se hizo insostenible (y nunca mejor aplicado el concepto, ya que sostenerlo era verdaderamente un desafío… si se entiende la metáfora). Mientras, con su mejor voz de intelectual, el guía decía: ‘aquí pueden ver el qoricancha, también conocido como templo del sol, el centro religioso de macchu picchu”, yo, con mi voz mental más desesperada, me decía a mí mismo: ‘me cago… sí sí, me cago encima’.

Si quería seguir manteniendo mi dignidad -y mis pantalones- en perfecto estado, debía huir de allí, cuanto antes. Lo miré a mi hermano. Con un leve gesto de cabeza logré apartarlo levemente del grupo y, con un mínimo hilo de voz, para evitar cualquier sobreesfuerzo de consecuencias irreparables, le dije: ‘ahí vengo, los encuentro más arriba’, tratando de no dar demasiados datos sobre la razón de mi alejamiento. Se ve que la información resultó insuficiente, porque mi hermano siguió inquiriendo sobre mi huida. ‘Me cago encima, hermano, después los alcanzo’, le espeté, como para que no quedaran dudas. Su sonrisa socarrona dio por sentado que había comprendido el dilema.

Liberado de mis compañeros de viaje, emprendí un retorno hacia la entrada, donde se encontraba el nunca tan ansiado toilette. Si dijera que fui corriendo, les mentiría. No porque no quisiera (si hubiese habido un helicóptero disponible lo tomaba) sino porque mi estado no permitía movimientos muy veloces. Caminaba como si estuviese en un terreno pantanoso, con cara de ‘acabo de chupar un limón podrido’ y con un temor real a que cada paso me dejara en una coyuntura difícil de sobrellevar durante todo el día, o toda la vida.

Los míseros cien metros que me separaban del baño parecían kilómetros y kilómetros de rutas cortadas. A mitad de camino, no aguanté más. Todos los elementos presentes me daban la garantía de que no llegaría al baño. Con esa primera conclusión certera, debía encontrar una alternativa. Miré a mi alrededor, como buscando algo que me iluminara y me permitiera resolver la cuestión. Casi sin pensarlo, mientras caminaba al baño, pero con la seguridad de que no iba a llegar nunca en condiciones higiénicas aceptables, me metí en una vivienda. No me estoy refiriendo a una vivienda al estilo actual, sino a una vivienda que formaba parte del sitio arqueológico, compuesta de piedra, pisos y techos de paja, y aberturas por doquier (para más detalles arquitectónicos sobre mi improvisado toilette, ver foto). Es decir, era uno de los lugares visitados por los turistas, como aquellos a los que ví salir en el mismo momento en que yo ingresaba a la misma.

Consciente de la precariedad de mi situación, en un solo movimiento –cuya velocidad aún me sigue asombrando- me posicioné en el rincón menos expuesto visualmente, me desabroché el cinturón, bajé mis pantalones y mi ropa interior a la vez, me acuclillé y dejé todos mis problemas en esa esquina. Esto no debe haber durado más de 10 segundos. Por suerte… porque en el mismo instante en que me incorporaba, volvía mi ropa a su posición original y daba dos pasos alejándome del cuerpo del delito, un grupo de alemanes ingresaba a la vivienda. Con mi mejor cara de ‘qué lindo lugar, se los dejo para que los disfruten solos, aufwiedersen’, me retiré raudamente de allí, desconociendo hasta el día de hoy si los germanos sospecharon de la profanación que instantes antes había tenido lugar en aquel sitio.

Con una sensación de liberación profunda pero con una cuestión higiénica pendiente, continué camino hacia el baño. Como se podrán imaginar y por razones que de tan obvias no viene al caso detallar, el caminar seguía siendo complicado. Una vez en el baño, procedí a la etapa final del proceso, aunque también iba a tornarse un poco compleja, como para no desentonar con toda la historia. Como si fuese ley de murphy, la cantidad de papel higiénico presente en el baño era inversamente proporcional a la cantidad real que la situación ameritaba. Ni siquiera con una política de racionamiento extrema y muy bien pensada pude lograr que el papel fuese suficiente.

Volví a evaluar las posibilidades y llegué a la conclusión que el tan popular ‘sacrificio de calzoncillo’, si bien era una solución probable, podía complicarme a posteriori, ya que aún quedaban unas cuantas horas para retornar a cusco, donde se encontraba la underwear de reemplazo. Lo único que tenía a mano y parecía ser derivado de la celulosa eran billetes. Sí sí señores, me limpié el culo con billetes de diez soles. Ese día, tener el culo “limpio” me salió alrededor de 20 dólares.

Salí del baño con aire triunfal. Caminé de retorno hacia mis compañeros de viaje como si hubiese sobrevivido a un bombardeo nuclear. El guía seguía con su perorata. Después de una hora de haber llegado a macchu picchu, por fin todo me parecía maravilloso. Durante ese día -y creo que por un larguísimo tiempo-, no mencioné ni el más mínimo detalle de mi peripecia escatológica.

Sin embargo, en el momento en que nos fuimos de allí para retornar a cusco, un pensamiento comenzó a rondar mi cabeza: mi desesperación me había llevado a profanar un sitio sagrado y a partir de ese día podría ser destinatario de vaya-uno-a-saber-qué-maldición-inca. En parte, comencé a sentir que me la merecía. Si ese sitio profanado necesitaba un desagravio en la forma de agravio a mi persona, debía aceptarlo. Finalmente, volví a buenos aires indemne, sin noticias de la maldición.

Hasta el momento, no tuve la ocasión de volver a cusco ni a macchu picchu, en parte por prioridades diferentes de viaje, en parte por un temor oculto a que me estén esperando. Luego de 14 años, este verano retorné a perú, esta vez a la costa, a unos cuantos kilómetros del área donde ocurrió mi historia. No debo estar tan equivocado acerca de la maldición. En el momento que mi avión de retorno a buenos aires sobrevoló la zona de cusco, el alud que ya todos conocemos arrasó con los alrededores de macchu picchu.

Qué quieren que les diga… La furia de la naturaleza en la forma de un gran vendaval marrón me da qué pensar.

1 comentario:

  1. que estoicismo... me acuerdo del guía eterno y soporífero, daban más ganas de cagarse encima

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