Las cosas que llegan de forma inesperada son geniales. Y mejor aún es cuando las que llegan son aquellas cosas que uno espera con ansias pero que, en el fondo, cree que nunca van a suceder.
Y cuando eso pasa -cuando lo incrédulamente esperado sucede-, el ánimo cambia a un increíble estado onomatopéyico, un pliiiiiiing, y las emociones comienzan a desbordar permanentemente el vaso interno.
Y el presente comienza a ganarle por goleada a un pasado con un par de años de desgaste… y el ánimo pliiiiiiing gana unas cuantas iiiiiii más.
Y uno comienza a descubrir una energía que creía perdida, olvidada, resignada.
Y escucha una canción, y ya no hay forma de que esa canción vuelva a hablar de otra cosa, y ya no está pendiente del reloj, porque todo lo que tiene que pasar está pasando en ese momento, y el tiempo transcurre de una forma extraña, irregular, atemporal.
Y se desentiende de su cabeza y la deja pensar en lo que quiera, y descubre con una sonrisa que siempre decide pensar en lo mismo, y que ese pensamiento único es lo mejor que le pasó en años.
Y se ve escribiendo, contando, pensando, sintiendo una y otra y otra vez su felicidad.
Y finalmente se recuesta sobre la vida, se deja llevar como nunca antes y agradece -no sabe a quién pero qué importa- por tener la oportunidad de estar viviendo algo tan incrédulamente esperado, tan deseado, tan real.
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