viernes, 6 de agosto de 2010

Policarbonato boliviano

Aquí les presento, casi en exclusiva, una historia más del cúmulo de peripecias turísticas complicadas vividas en países limítrofes. Luego de aquella “embarrosa” situación vivida en perú, hoy me ocuparé de bolivia, un hermoso país que me regaló otro cagazo importante, esta vez, de tipo psicológico y que pudo tener consecuencias físicas irreversibles.

Para ello, debo remontarme al 2005, principios de año más precisamente, verano… una estación propicia para anécdotas de viaje… terreno fértil para vivencias dignas de ser compartidas con el resto de los mortales.

El objetivo vacacional de ese verano comprendía el circuito salar de uyuni-san pedro de atacama-purmamarca, un bello recorrido por los paisajes más increíbles de bolivia, chile y argentina, un viaje altamente recomendable si uno carga consigo una alta dosis de paciencia y no salta como leche hervida ante el primer inconveniente… Como podrán irse imaginando, ese fue mi caso.

Llegar al salar de uyuni, en el sur de bolivia, no es precisamente sencillo. Digamos que no son de esos lugares a los que uno llega de un tirón… más bien, uno se quiere pegar un tiro al ver que pasaron 40 horas de viaje constante desde buenos aires y la idea del salar sigue siendo muy remota. Aunque, a fuerza de verdad, es necesario decir que cuando uno finalmente llega al salar, su majestuosidad realmente hace olvidar toda peripecia anterior.

Pero la cuestión no es hacerle propaganda al salar sino relatar un momento verdaderamente crítico y cuasi desesperante vivido un día antes de llegar allí.

Una breve mención de las condiciones previas. Como dije, llegar a uyuni implica un viaje importante. La primera etapa consta de alrededor de 25 horas de viaje en micro desde buenos aires hasta jujuy, de allí se debe cruzar la frontera a pie y finalmente unas 15 horas de tren hasta uyuni; ergo, más de 40 horas de viaje, eso si se lo hace de un casi imposible tirón, o se puede optar por dividirlas en un par de días, opción más saludable aunque más interminable.

Detalles más, detalles menos, ese fue mi itinerario, acompañado de –modestia aparte- una astuta reserva de tren realizada días antes de mi partida e impresa como resguardo y comprobante material de una idea tan inteligente.

Con la tranquilidad de que todo estaba en perfecto orden, crucé la frontera desde la quiaca hacia la ciudad boliviana de villazón… Como el noventa por ciento de las ciudades fronterizas, un lugar básicamente espantoso y desde donde partía el tren hacia el salar. Dado que villazón es, turísticamente hablando, una ciudad de paso, de la cual lo mejor es huir rápidamente, mi idea era estar allí el mínimo tiempo indispensable como para comprar mi pasaje de tren previamente reservado, subir al transporte y dirigirme a lugares de mayor atractivo turístico.

Como idea teórica era excelente, pero normalmente la puesta en práctica dista mucho de ser acorde, y la primera complicación surgió apenas pisé la estación de tren. El sistema internético de la misma habíase caído y hasta que no retornase, no había reserva que valiése. Sin ánimos de ofender y debido a la precariedad del lugar, mi primera sorpresa no fue que el sistema se hubiese caído, sino que hubiese sistema en sí.

Algo en mi entusiasmo interno comenzaba a resquebrajarse. Más allá de las largas horas de viaje y un dolor de cabeza permanente por pasar tan rápidamente del 0 m.s.n.m. a los 5000 metros de altura, todo venía saliendo bien, y la posibilidad de estar al otro día temprano visitando el salar mitigaba cualquier tipo de molestia temporal.

Pero la caída del sistema había provocado un cortocircuito interno que nublaba un poco la perspectiva. Para salir del sopor, nada mejor que el intercambio de charlas tranquilizadoras con otros mochileros, en los cuales noté una astucia similar a la mía, ya que también contaban con reservas en un tren que, a esa altura de la mañana, ya había agotado sus asientos.

Luego de unas horas de espera, el típico arremolinamiento de personas frente a la ventanilla de atención daba cuenta de algo que parecía ser la tan ansiada “vuelta del sistema”. La ventaja de contar con una reserva, y más si ha sido impresa, es que uno parece tener un pase vip que lo exime de apretujarse y apoyarse en busca de un pasaje, esperando el momento justo para conseguir lo suyo sin forcejeos indeseables.

Con esa confianza, dejé pasar a casi todas las personas que esperaban conseguir su boleto, incluyendo a aquellos que, como yo, habían hecho su reserva. Una vez liberada la ventanilla, me acerqué con aires triunfales a buscar lo que por derecho y previsibilidad me correspondía: un pasaje en clase económica en el tren de las 15:30 horas a uyuni.

En ese momento hace su aparición la segunda complicación. Ante mi “tengo una reserva para el tren de las 15:30”, recibo del otro lado del policarbonato que me separaba del jefe de estación un gesto facial del tipo “me parece que no”. Para disipar sus dudas, nada mejor que un papel en el cual se deposita toda mi confianza. Se lo deslizo suavemente por el semicírculo vacío que hace las veces de contacto único con el otro lado. El papel es tomado en sus manos por el jefe de estación, abierto suavemente y leído interiormente con una dejadez que derrumbó toda mi confianza y me golpeó en el medio del estómago.

Mi peor pesadilla se hacía realidad. Había un problema… y grave. En pocas palabras, la persona que me había hecho la reserva se había equivocado, guardándome un asiento con fecha de ese día pero en un tren que salía dos días después. Un verdadero pelotudo.

En ese momento, se dio un ping-pong de argumentos en los cuales, claramente, yo tenía todas las de ganar, ya que me encontraba en la categoría de damnificado por error ajeno:

- “El error es de ustedes, no mío”, planteé con una lógica demoledora… “Yo tengo que viajar hoy”.
- “Los pasajes están agotados, viaje el miércoles que tiene asiento reservado”, me contestó un indignante jefe de estación.
- “Tengo que estar mañana en uyuni, no voy a viajar el miércoles porque el error es de ustedes, no mío”, insistí con la misma lógica (no creía necesario pensar en otro argumento, ya que aquél era irrebatible).
- “No va a ser posible”, insistió a su vez el señor… Y ante mi cara de no-me-importa-lo-que-me-digas-yo-voy-a-viajar-hoy, tomó el papel de mi reserva, lo dobló en dos, lo tiró despectivamente a través del semicírculo hacia mí y coronó toda la acción con un…

- “Y bueno, quejesé”…

Estupor. Incredulidad. Desconcierto. Bronca.

Sobre todo, bronca. Esa bronca que te hace agarrar un papel, darte vuelta, dar la espalda a la ventanilla, arrepentirte, volver la cara hacia la ventanilla y sacar un tremendo puñetazo que impacta de lleno en el policarbonato (más precisamente en el sector del policarbonato justo delante de la cara de un sorprendido jefe de estación) y lo hace temblar parkinsonianamente pero sin llegar, por suerte, al punto de quiebre.

En el instante en que el puño golpeó el policarbonato, me percaté de la magnitud del error cometido. Turista, país extranjero, ciudad heavy… Automáticamente, se me vino a la cabeza la película expreso de medianoche… Mientras una persona, de esas que gustan echar leña al fuego, despotricaba contra mí al grito de “esto vaya a hacerlo a su país, aquí no”, empecé a idear estrategias para desembarazarme de la situación, que fueron siendo implementadas progresivamente a medida que iban siendo desbaratadas una por una, a saber:

Estrategia 1. Escapar por la tangente. Al verme en una situación complicada, mi primera reacción fue huir como rata, pero dando una impresión de tranquilidad e hidalguía. Sin decir una sola palabra, tomé mi mochila, me la puse en la espalda, levanté el mentón y caminé hacia la puerta con la idea de dirigirme a la estación de micros, tomar el primer bus con destino a donde sea y nunca mirar para atrás. Esta estrategia se derrumbó en el mismo momento en que escuché al jefe de estación gritando “policía”.

Estrategia 2. Enfrentar la situación. Ante la posibilidad de verme huyendo de un uniformado, decidí evitar ser un fugitivo, volver sobre mis pies, depositar nuevamente la mochila en el suelo y salir al encuentro del policía, o más precisamente, el seguridad privada que custodiaba la estación, con el objetivo de explicar racionalmente los motivos de mi estallido. Lo que iba a ser un encuentro de dos, terminó transformándose en un trío de gritos histéricos, en el cual yo tenía todas las de perder. No pude emitir una sola palabra y acabé acompañando al policía hacia la salida de la estación.

Estrategia 3. Llanto forzado. El primer día de vacaciones se estaba transformando en una verdadera pesadilla, más aún cuando el policía dio por concluida toda posibilidad de explicación justificativa del hecho llamando a la comisaría. Sus palabras textuales fueron: “Sí, por favor manden un patrullero, que hubo un problema con un pasajero”. Toda la situación era como esos sueños de los que uno sólo desea despertar. Incluso tengo la sensación de haber cerrado los ojos con fuerza, esperando encontrarme tirado en mi cama una vez abiertos nuevamente. Ni siquiera la solidaridad de algunas personas que habían sido vapuleadas en calidad de clientes del servicio ferroviario y que salieron en mi defensa inmutó al policía más frío del cual tenga memoria. Fue en ese momento que se me ocurrió forzar un llanto que aún hoy me avergüenza un poco y que no logró despertar ni una pizca de piedad, aunque el motivo real que me llevó a abandonar rápidamente la pieza actoral fue la cantidad importante de personas que me observaban.

Estrategia 4. Resignación. Agotadas todas las posibilidades de evitar un momento tan complicado, sólo me restó resignarme ante el hecho de que el primer lugar más allá de la frontera que iba a conocer en ese viaje era la comisaría de villazón (como anécdota de viaje, un golazo; como vivencia, una reverenda cagada).

Parado en la vereda, lo único que esperaba era la llegada del patrullero, que se estaba demorando más de la cuenta. Al verme atravesar un momento de tranquilidad, el que empezó a ponerse ansioso fue el policía, que no aguantó la espera y decidió llevarme en su moto a la comisaría. No sólo era un vigilante, sino que era un vigilante con moto. Ahí me envalentoné y, sacando coraje de vaya uno a saber dónde, le mandé un: “No, no, está bien, espero al patrullero”. Mi coraje duró lo que tardé en masticar su respuesta: “¿Te llevo por las buenas o por las malas?”.

Si había algo que no quería, era que las malas me lleven hasta la comisaría. Prefería viajar en moto. Y así fue: recorrí las 10 cuadras desde la estación hasta mi posible lugar de detención en la parte de atrás de la moto, con mi mochila de viaje en la espalda y agarrando al policía por la cintura para evitar, además de la visita a la comisaría, una probable visita al hospital.

La imagen era increíblemente bizarra, digna de una foto. Confieso que se me ocurrió pero, una vez más, creo que pedirle al señor que detenga el vehículo para que alguien retrate el momento quizás hubiese empeorado las condiciones, que ya de por sí eran bastante malas.

Llegado a la comisaría, todo se asemejaba bastante a lo que me había imaginado. Primero, mi presencia allí era un imán de miradas; nadie entendía por qué estaba en ese lugar y todos parecían disfrutarlo. Segundo, el lugar era realmente espantoso. Tampoco es que las comisarías deben tener un diseño art decó o brindar comodidades al visitante, pero ésta, en particular, deprimiría hasta al más optimista.

Debo haber paseado por 3 o 4 oficinas, refutando la historia que, con una exageración deliberada, venía repitiendo el policía. Así llegué a la oficina de “Propiedad”, donde un comprensivo viejito uniformado entendió un poco mejor la situación (debo aclarar que lo que relajó un poco la historia fue no haber roto el policarbonato; si así hubiese sido, mi estadía en el lugar hubiese sido más prolongada y con consecuencias inimaginables, del tipo diego-torres-agarrando-la-reja-y-gritando-guardias).

Aclarada un poco la historia y mostrando una tranquilidad de mi parte que no creía poseer, ahora la cantidad de horas que iba a pasar allí dependían del jefe de estación, que debía ir a declarar. "Este turro no viene más", pensé con la lógica de lo que quizás uno haría en su lugar ante esa situación. Ya daba por perdido mi tren, y en realidad era lo que menos me importaba. Si me daban la opción de volver a la quiaca, lo hacía corriendo. Me acomodé en el banquito de madera y me dispuse a esperar, tratando de que mi presencia ahí pasara lo más desapercibida posible.

Al rato, me derivaron a otra oficina, esta vez, fuera de la comisaría. Volver a sentir el aire fresco era un atisbo de esperanza, aunque el no saber a donde me dirigía, aún no permitía que el culo dejara de estar fruncido. Caí en la dependencia policial que atendía problemas con los turistas, sita en la estación de micros. "¿Y si en un descuido me echo un pique y me subo a cualquier micro?”, pensé, como si la situación necesitara algo que la complicara aún más. Por suerte, no estaba de ánimo aventurero y me limité a seguir las instrucciones del viejito simpático que oficiaba de acompañante.

Debo decir que en la comisaría y en la oficina para turistas encontré gente mucho más comprensiva que en la estación de trenes, donde parece que existe una proporción de vigilantes mucho más alta. Toda la cuestión en esa nueva dependencia fue saldada con un: “Bueno muchacho, la próxima vez no se sulfure tanto, vaya”.

Escuchar la palabra “sulfure” me causó tanta gracia, como alegría el volver a estar libre. Si antes sentía todo como una pesadilla, cruzar la puerta nuevamente hacia la libertad (con música mental emotiva de fondo) lo transformó en el mejor de los sueños. Todo volvía a la normalidad, o casi, porque la sensación de estómago retorcido y culo fruncido se mantuvo por un tiempo.

Libre como un pájaro, volví a la estación de tren, a consumar mi obra maestra, o sea, pedir disculpas, hacerme el pollito mojado y ver si todo eso se materializaba en un pasaje a uyuni. Todos los que estaban en la estación y habían presenciado el momento me vieron volver a entrar allí como si fuera una aparición. Me preguntaban cómo estaba y se alegraban de verme, por lo que tengo la sospecha de que haber salido de aquella comisaría era lo mejor que me había pasado en años.

No sólo me disculpé sino que recibí las disculpas del jefe de estación por el error que, vale recordar, habían cometido ellos y que había desembocado en una situación indeseada por todos, sobre todo por mí, que no dejé de imaginarme con el “alma” desgarrada por un simple puñetazo sin mayores consecuencias.

Finalmente, logré obtener mi pasaje, no sé si por aquel puñetazo, por un jefe de estación que quiso enmendar el error en mi reserva o por la piedad de alguien que consideró que todo eso era una situación injusta e innecesaria.

Sólo sé que, si alguna vez necesitan policarbonato, no duden en comprar policarbonato boliviano, que no se dobla ni se rompe y les puede salvar la vida cuando menos se lo esperan.

1 comentario:

  1. tenía que parar de leer de lo que lloré de la risa, impecable de punta a punta y la fina ironía, sin desperdicio.

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