Teorías incomprobables sobre el surgimiento de miserias humanas en situaciones innecesarias
A continuación, la ansiada secuela de la Toma I de Sacando lo peor de cada uno, el profundísimo informe sobre lo mal que estamos del bocho...
Yo no bajo…
Con estas tres simples palabras, más un adusto gesto de negativa irrefutable, irrebatible e irreversible, suelen comenzar las discusiones post-timbrazo de delivery en reuniones que involucran a, como mínimo, tres personas con más de 5 años de amistad sólida.
Las cantidades mencionadas no son para nada azarosas. Menos de tres personas involucradas en el evento quitarían sentido a esta disertación ya que, por una simple regla matemática, la existencia de un solo cristiano resuelve automáticamente la cuestión, mientras que la presencia de dos personas, si bien no implica una solución instantánea, sí facilita la aparición de otros métodos para dirimir el problema, principalmente, el piedra-papel-o-tijera, al mejor de uno o de tres (no se recomienda estirarlo a, por ejemplo, el mejor de diez por cuestiones de respeto al pibe del delivery). Por otro lado, cinco años de amistad sólida son imprescindibles para que todo lo que tenga que decirse y hacerse en ese momento, no hiera de muerte las relaciones grupales y personales existentes.
Aclarado este punto y retornando a los segundos posteriores a la pulsación del timbre, estamos aquí ante un claro momento de aparición de las nunca mejor llamadas “actitudes garcas”. El espectro de actitudes es amplísimo y excede los alcances de esta profunda investigación, pero para muestra, basta con sólo algunos botones.
Lo primero que surge en esta situación es un silencio sepulcral, un silencio pocas veces experimentado por un ser humano promedio, acompañado de un agachamiento masivo de cabezas, como si todos estuviesen buscando al mismo tiempo la culpa propia que el timbre acaba de derribar al piso. Es un instante, un simple instante, en el que nadie cruza miradas… sin miedo a equivocarme, son los segundos de mayor soledad e individualismo vividos por el conjunto de la humanidad en toda su historia.
Superado ese primer momento de bajeza moral, sobreviene otro de bajeza aún mayor, que surge desde el interior de cada uno de los presentes en la forma de justificaciones de diversa calaña. A partir de aquí, todo vale… Está quien, sabiéndose en falta, apela a la indignación argumentando, con base en una dudosa estadística, haber bajado en las últimas tres reuniones. Está aquel otro que cita un ignoto artículo de una supuesta legislación de tipo residencial, por el cual: “El dueño o locatario del sitio donde tiene lugar la reunión, en su carácter de tal, estará exento de ocuparse de tareas tales como la recepción de productos alimenticios provistos por locales de comida con entrega domiciliaria”, lo cual en criollo sería algo así como “es mi casa, yo no bajo”. Este último argumento no suele generar los resultados deseados en quien lo pronunció, ya que es fácilmente rebatible por una persona que, armado de la verdad, menciona la tan temida frase: “En mi casa siempre bajo yo”. Nos encontramos aquí, entonces, ante el primer individuo que, a fuerza de hechos concretos, logra salir indemne de la contienda (por razones obvias, también son consensuadamente excluidas de la disputa aquellas personas con incapacidades físicas o mentales para realizar la tarea en discusión).
Del grupo que aún continúa en juego -un juego en el que claramente nadie quiere ganar- destacan los oportunistas, en todas sus variantes. Por un lado, aquellos que aprovechan el clima enrarecido para fingir un supuesto apuro escatológico y encerrarse en el baño hasta que los ruidos exteriores dictaminen que la cuestión ha sido zanjada por personas de valentía, entereza moral y control de esfínteres mucho mayor. Por el otro, quienes se escudan en la necesidad imperiosa de hacer una llamada impostergable –por lo menos desde la última vez que fue postergada- y sostienen hasta lo insostenible charlas telefónicas que acaban en el preciso momento en que se selecciona la persona a bajar.
Finalmente, nos encontramos con quienes, quizás por poseer algún mínimo conocimiento de psicología o por el simple hecho de ser mentepodrida, ponen en práctica una estrategia discursiva y gestual claramente psicópata. Nos referimos a aquellos que buscan manejar la culpa ajena mediante artilugios tales como enojos ficcionales o una falsa disposición a bajar como sacrificio personal en función de que la discusión no acabe en peleas irreconciliables (lo cual ya aclaramos que no ocurre en amistades que superan el lustro). Si bien estos artilugios tienen su costado valiente (sería de poco hombre no reconocerlo) y conllevan la posibilidad de que alguien recoja el guante y se haga cargo de la psicopateada, también cargan en sí el germen de la derrota más vergonzosa que puede sufrir alguien tan avezado en manejos psicológicos: la transformación de la falsa disposición en un hecho real materializado en la entrega de la llave y el dinero necesario para completar la tarea que busca ser evitada.
Como toda cuestión que se ve atravesada por actitudes de una calidad moral tan baja como las aquí comentadas, en la mayoría de los casos, el problema suele resolverse de dos maneras: 1) el juego de la carta más alta, una solución básica que, si se aplicase desde un principio, ahorraría grandes disgustos, o en mayor proporción por 2) un mínimo de hartazgo en alguno de los participantes en la disputa, hartazgo que si bien puede estar atravesado por una leve propensión existencial a ser visto como un mártir (o una víctima, según la escuela de psicoanálisis que examine el caso), también tiene tras de sí un planificado balance de pros y contras.
Así baja, derrotado y humillado a los ojos de los demás, aquél que sabe que, la próxima vez que se junten a cenar en su casa, sita en el piso 24, todos terminarán reconociendo su silenciosa, digna y calculada victoria.
éeeh! la venganza es un plato que se come frío...muejejeeeeeje..
ResponderEliminarjejeje... me acabo de cagar una técnica igual... ya no puedo utilizar la de "uh loco, ta bien, yo bajo"... y encima vivo en planta baja...
ResponderEliminara partir de ahora canto que la excusa de incapacidad mental es mia!!!!
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